Ante las más altas cotas de miseria, se precisan obreros que nos fraternicen

Publicado: 10/08/2015
Es el altruismo de los asistentes humanitarios, su espíritu solidario, lo que debe animarnos a reflexionar y a impulsar, como referente y referencia, la conmemoración del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria (19 de agosto)
Cada día estoy más convencido que el ser humano ha de armarse menos y amarse más; y, en consecuencia, debe ir pensando en establecer un final para toda contienda, antes de que un clima de absurdas rivalidades tomen como reo al propio ciudadano como tal, estableciendo un fin para toda la especie humana. No podemos seguir deshumanizándonos. Hemos de tomar la conciliación como verbo y, entonces, comprenderemos que nada de lo que ocurra a un individuo, por insignificante que nos parezca, puede resultarnos ajeno a nosotros. Realmente, ha llegado el momento de generar un sentimiento mundial de cercanía, activado con la fuerza revolucionaria de aglutinar todas las culturas, para poder identificar y obligar a rendir cuentas a tantos responsables del uso de tantos artefactos que, no solo destruyen la ilusión, sino que matan, como los relativos a la utilización de sustancias químicas tóxicas, que a pesar de estar prohibidas, continúan siendo utilizadas.

 

                Un mundo cruel vierte sus venenos sobre inocentes y, vemos de un lado, las ingentes riquezas dominar a su antojo las economías, y del otro, la innumerable multitud sufriente, que debería renovar el compromiso con los valores humanos. Ojalá hubiese muchos trabajadores humanitarios, dispuestos siempre a socorrer a las personas necesitadas. A mi juicio, la supervivencia del linaje va a depender mucho de estos heroicos obreros de la donación y de la entrega generosa, siempre dispuestos  a dejarse la vida por una causa común, como es la justicia, la dignidad y el desarrollo. Este es el espíritu humanitario que precisa hoy el planeta como jamás. Evidentemente, renunciar a nuestra identidad es un improcedente acto de resignación, igual que desistir de nuestra libertad, de nuestra calidad de ciudadanos del mundo, y, por ende, de todos los deberes de la ciudadanía. Los países tampoco se pueden utilizar como campos de batallas, sino como lugares donde es posible el diálogo y los acuerdos. Quizás deberíamos ser menos sectarios, más incluyentes y más democráticos; puesto que un pueblo digno de tal armonía, hace sentir al ciudadano la conciencia y la validez de su voz, de sus obligaciones y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la autonomía y de la dignidad de los demás.   

 

                Me gustaría subrayar, pues, que ciertamente ante las más altas cotas de miseria, que hoy respira el mundo, se precisan obreros que nos hermanen con urgencia, declarando si es preciso: la guerra a las guerras. Es cierto, de pronto, parece que el espíritu de la invasión se ha apoderado de toda la humanidad. Todos los días hallamos combates en los medios de comunicación. La hostilidad se ha adueñado de nuestro lenguaje, en parte porque nos hemos distanciado unos de otros, y aunque el odio no se compra en los mercados, sí que hay un escandaloso comercio guerrero que debiéramos cortarlo de raíz. Realmente, esto se produce cuando la persona, cúspide de la creación, pierde de vista el horizonte de belleza y de desprendimiento, y se encierra en su propio egoísmo. Con razón, una persona egoísta sería capaz de levantar una muralla con tal de sentirse señor y gobernante.

 

                Precisamente, es el altruismo de los asistentes humanitarios, su espíritu solidario, lo que debe animarnos a reflexionar y a impulsar, como referente y referencia, la conmemoración del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria  (19 de agosto). Estas gentes de bien, o si quieren de bondad y verdad, han preferido enrolarse a echar una mano a los empobrecidos de esta vida, muchas veces abandonando la comodidad de sus hogares. Sus esfuerzos por salvar vidas,  en ocasiones en sitios inseguros y en lugares de gran peligro, merecen el mayor de los reconocimientos. Además, con su quehacer, están haciendo familia, construyendo un mundo más unido y reconstruyendo un espacio más fraternizado, en una tierra adueñada por un diluvio de injusticias. Al fin y al cabo, nosotros mismos somos nuestros propios destructores, y así, nada puede destruirnos, excepto la humanidad misma con sus miserias.

 

                Sería saludable, por consiguiente, que nos interrogáramos y examináramos nuestra particular existencia, para ver si hacemos lo suficiente por los demás, o aún podemos implicarnos más. No olvidemos que todos somos dependientes de todos, por más que reivindiquemos nuestro espacio de independencia. Está visto que cuando la ciudadanía piensa sólo de manera partidista, en sus propios intereses y en el de los suyos; cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder; cuando se endiosa y se coloca en el centro; entonces altera todas las convivencias, demuele las relaciones, y abre la puerta de la exclusión y violencia con un espíritu de enfrentamiento imborrable. Hace tiempo que el ser humano navega en conflicto consigo mismo y esto no es bueno, sin valores y con la mentira permanente como abecedario, lo que viene generando una deriva del ser humano y un caos  de difícil arreglo. Por momentos uno llega a preguntarse,  ¿si realmente podremos salir de esta espiral de lenguajes de muerte?. ¿Podremos aprender a caminar por sendas más sosegadas y armónicas? Yo pienso que sí, es cuestión de querer, y tal vez de practicar con más coherencia y constancia los deberes de la justicia. Quizás tengamos que hacer nuestra, la voz de los excluidos, de los marginados por esta misma sociedad excluyente, e implantar la concordia como concepto de gobierno en todos los gobiernos del mundo mundial.

 

                Tantas veces tenemos que reconstruir nuestras propia vidas, que se lo digan a los supervivientes de la bomba atómica de Hiroshima, una de las ciudades del mundo que ha tenido la mala fortuna de ser lección para la especie humana, una obra de destrucción del ser humano contra sí. Pienso, por tanto, que únicamente desde la fraternización podremos injertar el nuevo fruto de la armonía, una nueva conciencia mundial contra las garras de las guerras, con la apuesta decidida de que la humanidad, como reino de pensamiento y amor, está obligada a resolver las diferencias y los conflictos por medios pacíficos y de diálogo. Tal vez, en la Comunidad Internacional debería fraguarse un sistema moderno de convivencia que regulase las relaciones entre naciones y culturas, basadas en el respeto más escrupuloso, acordes con los principios éticos de la equidad y la justicia.

 

                Yo pediría, también, que escucháramos mucho más a estos obreros que cargan sobre sus espaldas el trabajo humanitario, en nombre de la vida, en nombre de la humanidad, en nombre de la esperanza de un ser nuevo, más de todos que de sí. Comprometámonos, de una vez por todas, con la alianza mediante la rectitud. Trabajemos incansablemente por reemplazar la violencia y el rencor por la familiaridad y la estima. Asumamos la responsabilidad de unos para con otros y del porvenir de todos sin limitaciones de fronteras, frentes o distinciones sociales. Eduquémonos y reeduquémonos en menos sistemas competitivos y en más sistemas de auxilio y generosidad. Seamos conscientes de que amar y compartir es la mayor felicidad que nos podemos injertar en el alma. Demos por cerrada en el mundo la fábrica de armas. Se puede conseguir. Conjuntamente estamos llamados a ser poesía; y ésta, sabed, que no entiende nada más que de corazón, pero seguro que mañana lo entenderá también tu mente.

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